LOS HIJOS DEL MAR

PORTADA LOS HIJOS DEL MAR. PEDRO FEIJOO.

¡Bienvenidos a la bitácora de Los hijos del mar! Quizá dos o tres lectores pongan un tanto en duda la veracidad del relato que sigue, diciéndose que resulta imposible sostener una cosa así. Aquellos que tengan motivos para creer… ¡que sigan pensando, cavilando, hurgando, analizando e investigando como el que más! ¡Porque todo esto puede suceder!

Simón Varela recibe una llamada telefónica. Ernest Rovira, secretario personal de la familia Dafonte-Llobet, le comunica que la señora Isabel Llobet, viuda de don Eneas Dafonte Maristany, desea contratar sus servicios como arquitecto. Se trataría de diseñar y dirigir cierta obra de reforma en una de las zonas de la Casa Grande, un espléndido pazo en la playa de Canido, a las afueras de Vigo. A los pocos días de comenzar el trabajo, y tras desmontar las piedras de la fuente, encuentra una gruta subterránea y, en su interior, un misterioso cofre. Sobre su tapa, una inscripción a dos líneas: Para mis hijos, el color del mar.

Doña Isabel ha muerto. Por lo visto, falleció mientras dormía. Así que allí está él, plantado en el cementerio de Pereiró. Son muchas las personas que han decidido acercarse para decirle adiós a aquella buena mujer. Nuestro arquitecto es capaz de identificar a Xulio Dafonte, alto, de aspecto fuerte, el hijo mayor de doña Isabel y don Eneas. Por la otra banda se encuentra con un rostro amigo, el más que eficiente Ernest Rovira. Aunque parece fatigado, ofrece su brazo a una mujer desconocida. Aquella no puede ser más que Mariña Dafonte, la otra hija del matrimonio.

La señora Llobet dejó indicado que todos sus herederos debían estar presentes en la lectura de su testamento. ¿Simón heredero de aquella señora? Cada uno de los hijos del matrimonio Dafonte-Llobet recibe una pequeña saca de terciopelo rojo con una moneda de oro en su interior: un real de a ocho de finales del siglo XVII, comienzos del XVIII si no, y acuñado en América.

¿Interesante? Aún hay más. A Simón le corresponde un misterioso sobre. No tiene más opción que aceptar aquella entrega, y esperar. ¿Qué está pasando aquí? Ya comprenderá. ¿En qué momento? Cuando corresponda…

Motivados por descubrir qué secreto esconden esas dos monedas, quién fue realmente el señor Dafonte y por qué Simón se encuentra en medio de todo este asunto, el peculiar tándem formado por la atractiva Mariña y el singular arquitecto inicia una investigación.

El punto de partida de las pesquisas está situado en Vigo. Como lectores, tendremos ocasión de pasear por la ciudad y admirar algunas de las joyas arquitectónicas que el francés Michel Pacewicz legó a sus calles.También nos aguardan las cafeterías antaño frecuentadas por intelectuales gallegos como Cunqueiro, Castelao u Otero Pedrayo; las tabernas marineras; los rincones más o menos conocidos de la ciudad; el espectáculo de la noche instalada sobre la ría, cuando todo está cubierto por una oscuridad casi impenetrable, cuando todo alrededor está tranquilo, negro y silencioso.

El componente isleño de la novela corre a cargo de los archipiélagos de Cíes y Ons. En esta última se encuentra el Buraco do Inferno, un lugar sobrecogedor, un pozo abierto en el suelo por la propia naturaleza que, según cuentan en sus historias los viejos de la isla, es una de las puertas de entrada a los dominios de Lucifer.

Los hijos del mar atraviesa más de tres siglos: desde la batalla de Rande, auspiciada por el mayor cargamento de oro y plata jamás traído desde América, hasta nuestros días. ¿Alguien da más? ¡Nazis en Vigo!

El oficio y la pasión esgrimidos para levantar mastodóntico proyecto resultan decisivos. Página tras página, gracias a una escritura fluida, clara e incisiva, el escritor vigués nos arrastra hacia un nuevo descubrimiento, expectantes ante lo que está por llegar.

<<Hay quien dice que los gallegos pertenecemos a un  pueblo tan antiguo, tan viejo, que hasta tiempo hemos tenido de convertir nuestras leyendas en realidad. Alguna de esas leyendas aparece directamente recogida en Los hijos del mar, como por ejemplo la historia del temible toro con los cuernos de oro que el mismísimo diablo puso en el fondo del Buraco do Inferno, en la isla de Ons, para proteger la entrada por esta parte del mundo a sus feudos…

En realidad, las leyendas sobre cuevas inaccesibles, con terribles monstruos protectores de los más impresionantes tesoros, son más que abundantes en la tradición gallega. Así, una de las más famosas es la que por tierras de Mondoñedo (Lugo) cuenta cómo un terrible dragón custodia la entrada a la cueva del rey Cintolo, donde su hija Xila aguarda, aún hoy, la llegada del caballero que la libere de su encantamiento, cosa que –por supuesto– reportará al aguerrido paladín una más que considerable cantidad de oro.

Y vaya, que si de oro se trata, tampoco debemos dejar de lado la propia historia del oro de Rande, uno de los principales ejes argumentales de Los hijos del mar. La leyenda de este impresionante tesoro tiene su origen en un hecho histórico perfectamente documentado: la batalla naval que en aguas de la ría de Vigo se produjo en octubre de 1702 entre la escuadra franco-hispana, recién llegada de América, y una poderosísima flota anglo-holandesa, capitaneada esta última por el mismísimo almirante sir George Rooke. Lo que los barcos españoles habían transportado de un extremo a otro del Atlántico no era otra cosa que la mayor cantidad de oro y plata traídos de una sola vez desde América a Europa. Un tesoro de valor incalculable al que, una vez llegados los barcos a la bahía, misteriosamente se le pierde la pista…

Amigos: tenemos meigas, tenemos a Breogán. Tenemos a una reina moura y al mismísimo lobishome, el hombre-lobo gallego. Tenemos peines de oro y espejos de plata, barcos del mar de Galilea que se tornaron piedras, y ladrones de monasterios que se convirtieron en árboles. Tenemos la Santa Compaña, aquella procesión de almas en pena que de noche bajaban de los montes a la búsqueda de nuevos difuntos que ingresar en su macabra procesión. Tenemos hasta un pueblo, San Andrés de Teixido, al que irás de muerto si no vas de vivo. Tenemos noche y tenemos fuego para sentarnos a su alrededor. Y hasta tenemos nuestra propia poción mágica, el famoso licor-café, con el que calentar nuestras gargantas al tiempo que todas estas historias van calentando nuestros espíritus. Ahora ya sólo falta que vosotros vengáis a sentaros con nosotros, a ver qué sacamos en claro de todos estos “contos de vellos”. Porque, al fin y al cabo, habelas hainas… >>.

Pedro Feijoo

Algún lugar recóndito más allá del Buraco do Inferno, julio de 2013.

LOS ARTEFACTOS SONOROS DE LOS HIJOS DEL MAR

La vida es una cosa sorprendente… A veces –más en realidad de las que uno quisiera– lo es para mal. Pero otras, por el contrario, lo es para bien. Y así es que de repente un día recibes la llamada de un buen amigo que, sin esperar nada a cambio, te dice “tenemos un regalo para ti”. Ésta de la que estoy a punto de hablaros es una de esas veces…

Como algunos de vosotros ya sabéis, yo vengo del mundo de la música. Trabajé durante muchos años (a veces incluso creo que más de los que realmente hubiese querido) como músico, como técnico de sonido y como productor discográfico. Como en todos, supongo, en ese mundo hay un lado malo, en el que la vida pasa demasiado rápido, sin tiempo casi ni para cuidarse uno mismo. Pero, por suerte, también hay un lado bueno. Un lado éste creo que bastante más grande que el malo… Es por esa parte del mundo por la que, entre otras cosas, he tenido la suerte de conocer a gente maravillosa. Músicos, técnicos, productores, amigos… A algunos los fui a encontrar lejos, muy lejos de mí. Y a otros, simplemente, a mi lado. Quizá incluso a menos de medio metro, para ser exactos. En la furgoneta, en el asiento de al lado, en la habitación del hotel, en el avión, en el escenario.

Durante muchos de esos años tuve la suerte de compartir grupo, música, kilómetros, experiencias, sueños con dos de esas personas increíblemente buenas, como lo son Carlos González Rivera, “Puntxa”, y Rafael Ullán. Mientras yo era el bajista, ellos eran, respectivamente, el percusionista y uno de los dos guitarristas de Lamatumbá, un grupo gallego en el que he tenido la suerte de tocar durante ocho años. Cuando mi trabajo en la banda llegó a su fin, nuestros caminos se distanciaron, pero no así nuestra amistad. Nuestra buena amistad.

Ha sido precisamente esa misma amistad la que ha servido de motor para volver a poner en marcha común el talento de Puntxa y Rafa, quienes, generosos como pocos, han vuelto a unir sus fuerzas para hacerme (hacernos, en realidad) este regalo que ahora, orgulloso, comparto con todos vosotros. Amigos, así, en la forma de estos dos fragmentos que ahora os presento (y a los que en breve se unirán algunos más), es como mis buenos compañeros “Puntxa” González y Rafa Ullán sienten Los hijos del mar. De todo corazón es mi mayor deseo que los disfrutéis.

Pedro Feijoo

Simón se presenta a los lectores.

 

Simón y Mariña corriendo como locos por las calles de Vigo…  Huyen, pero, ¿de quiénes? ¡Diferentes caminos y atajos de sombra por los que optar! ¡Corred, corred!

 

¡Leira y Siwan! ¡Enviad un mensaje privado a nuestro perfil de Facebook (editorial Espasa) con vuestra dirección postal y teléfono!

Os enviaremos un lote compuesto por las siguientes novelas:

Los hijos del mar, de Pedro Feijoo.

Noroeste, de Héctor Oliva Camps.

Ashford Park, de Lauren Willig.